El problema con el logotipo (y la falla en la comunicación)

Hace unos quince años aproximadamente, trabajé como desarrollador Web / periodista para un diario electrónico. Era un Circo de Chamorro y me tocaba hacer de todo, incluso vaciar los ceniceros; y también fue una buena escuela y aprendí las bases de lo que uso ahora en mi trabajo todos los días.

Una de mis muchas labores era actualizar los banner publicitarios, subir los nuevos o bajar los antiguos, y la mayoría de las veces era yo mismo el que los confeccionaba con Flash o Photoshop (por el mismo precio).

Era la época del 468*60, GIF animado o SWF que no debía superar los 100kb, ideal que no se notara pixelado. Uno de estos banner pagaba las cuentas y el gasto común, otro pagaba los pequeños sueldos, y así iban rotando durante el mes. No era un trabajo simple y solo gracias a mi manejo de PHP pude hacer algunas automatizaciones que me ahorraron cientos de horas.

El problema con el logotipo

Este es el típico error que ocurre una vez y no se olvida jamás.

Me pidieron confeccionar un banner, un JPG estático. Yo necesitaba el logotipo o isotipo de la empresa en cuestión y lo solicité a mi contacto en el diario electrónico, en formato vectorial o alguna versión “en alta” para construir la pieza. Él remitió mi mensaje a la persona que operaba como contraparte en la empresa que contrató el banner.

El logotipo llegó a mi correo en formato JPG enorme y sin compresión. No está de más recordar que diez años atrás había que esperar una hora o más para bajar cien megas con una simple conexión de Internet Hogar. Y sí, trabajaba desde mi casa.

Tomé el logotipo como venía, cambié el nombre del archivo, reduje la imagen y modifiqué las dimensiones del paño a 468×60 pixeles. Monté el banner. Quince minutos después estaba listo, era un trabajo simple, sin animación. Envié una copia directa a la contraparte para solicitar visto bueno y esperé paciente.

Mientras tanto ocurrían llamados telefónicos entre la contraparte y mi contacto en el diario. Emails. Quejas. Feedback negativo.

Cuando al fin me llegó el mail con la retroalimentación necesaria, venía con un extenso discurso acerca de cómo “estuvimos a punto de perder al cliente”. Y para no dar más la lata, la razón era muy simple: el color del logotipo no era el correcto.

Si tal logoptipo mal coloreado llegaba a publicarse, iban a rodar varias cabezas en la empresa y en el diario porque nadie siguió la guía de estilo y un largo, larguísino, blablablá que implicaba a equipos enteros de profesionales que dedicaron horas a no sé qué labor sacrificada y qué no entendían cómo yo había cometido un acto de barbarie y falta de profesionalismo inexcusable. No estoy exagerando.

Resulta que la contraparte trabajaba en el diseño de una serie de elementos que debían manejarse con imprentas, para un resultado físico, real. ¡Papel! Y su logotipo estaba en modo CMYK que se veía muy distinto en pantalla si se comparaba con el color real impreso.

Y lo que yo necesitaba era el logotipo en formato RGB. Nada más.

La falla en la comunicación

Una parte es mi culpa, por supuesto. Y entiendo la frustración y estrés de la contraparte que tenía que lidiar con amateurs en un tema que le cayó encima y del que probablemente no podía zafar. La película está clara:

  1. No pedí el logotipo en modo RGB.
  2. No pregunté en qué modo venía el logotipo enviado.
  3. No me informaron que el logotipo estaba en modo CMYK.
  4. No verifiqué el modo de color de la imagen con Photoshop, antes de editarla.
  5. Utilicé la imagen enviada por la contraparte como documento maestro PSD y trabajé sobre ella.

En mi defensa, debo decir que solo sabía ocupar Photoshop (y Flash) porque alguien tenía que hacerlo. No estudié diseño gráfico y los pormenores del editor de imágenes eran desconocidos para mí. No necesitaba saber mucho más y el problema de la discrepancia RGB/CMYK me pilló en la ignorancia.

La solución

Abrí con Photoshop el banner JPG que había creado apenas una hora antes y cambié el modo de CMYK a RGB. Guardé y volví a enviar a la contraparte, sin dar bola al discurso ni al drama acerca de mi herror y la solicitud de explicaciones. No era necesario entrar en una seguidilla de mensajes irrelevantes, porque lo que importaba era el objeto mismo por el cual se había iniciado el escándalo de la semana.

O dicho de otra manera, la contraparte ya había desperdiciado suficiente tiempo en quejarse y no hacer nada; y yo no iba a contribuir un minuto extra a ese desperdicio.

Una hora después me llegó otro email desde la contraparte, reenviado por mi contacto en el diario, que decía “está ok”. Y eso fue todo. Sin más exigencias. Sin más discursos. Sin más victimizaciones.

Qué hubiera ocurrido si en vez de armar revuelo con lo del banner, la contraparte hubiera dicho “lo que enviaste está en CMYK y lo necesito en RGB”? Pues yo lo habría corregido de la misma manera. La misma media hora de trabajo en total, y sin desperdicio.

Al final del cuento entendí la diferencia entre RGB y CMYK en el monitor, a mantener la calma con los panejíricos y diatribas que llegan por correo electrónico, y a centrarme en el objetivo de la tarea y no en mi estado anímico.

Cómo aprendí a no responder (y no ahondar) peleas por correo electrónico es otra historia; solo digamos que metí la pata suficientes veces para entender que la solución es “no innovar” en conversaciones tóxicas acerca de un proceso y hay que centrarse en lo específico de la tarea. O como dicen en mi barrio, “no hay que pisar el palito“.

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